Como un amoroso exánime,
sobre un lecho cromado descansa
el frasco que poseyó al fin del mundo
duerme indolente como amante
potestativo, vació y colmado por su acto,
a nadie le han dicho que una caricia
húmeda y fresca vestida de algodón
es bendición amarga de despedida.
No he de equivocarme al decir
que asisto a tu muerte,
ultimo dolor,
mal que necesitamos.
Es duro como mala hora, y
a tu piel ha llegado, como llega la noche al bosque,
haciendo pausas cual pez en la orilla del agua,
toma fuerzas y lentamente invade la carne.
Frazada de muerte, mortaja liquida.
Como crecen las ramas sobre el aire,
por tu cuerpo se esparcen
lagrimas inyectadas, un ojo
metálico y lascivo se burla
de tu voluptuosidad
casi descompuesta.
Mientras mueres, platicamos y
nos decimos que no,
que no hay marcha atrás
que no habrá rezos
ni ceremonias tortuosas,
ni un pan amargo,
ni un café con tu nombre.
Que hay brincos y corretizas,
que ha de volver tu
preñez
y el fruto de tu vientre que me
quiso una vez.
Que también se ha ido, como la
mañana de tus ojos que se cierran para
siempre.
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